EL BAILE …

En La valse, los cuerpos se doblegaban en un acoplamiento magnífico. Los torsos desnudos desde la cintura mostraban los brazos y los hombros musculosos. Con el brazo derecho, el hombre rodeaba a la mujer, que se cimbreaba en el abrazo. Era el ademán de quien se entrega sin reservas al otro. Acariciaba con los labios la mejilla de ella. Las manos enlazadas dibujaban un contrapunto de tensión física, de acercamiento incondicional. A partir de las caderas, el bronce dibujaba una falda abierta, llena de pliegues y vuelo, con movimiento propio. Camille había acertado al manejar el material con el trabajaba; supo utilizar la dureza para delimitar cada detalle. Jugó con las tonalidades y los matices del bronce. Aquel baile era mucho más que el instante en que dos amantes se abandonan a la música; era la imagen de una posesión absoluta, que superaba la inocencia de unos pasos marcados por el ritmo de un vals. Había algo profundamente turbador en la escultura, el reflejo de una intensidad impresionante, de la fascinación de los cuerpos, de la pasión en estado puro.